La Navidad se ha convertido en un período de tiempo controvertido, que entusiasma a muchos y exaspera a no pocos, pero que parece llenar todos los espacios. El ajetreo es constante y los templos paganos, entiéndase los centros comerciales y elementos análogos, se llenan de gente buscando aquel novísimo objeto que parece que llevan siglos anhelando. Es por ello fácil que, esa minoría estadística que formamos los cristianos, caigamos en las redes del neopaganismo y su hechicería con electrónica de última generación. ¿Y qué podemos hacer?geneva-1093411_960_720

Una primera opción es buscar refugio en nuestros pocos templos. No siempre es fácil. Muchos se encuentran cerrados o con horario funcionarial, seguramente convencidos sus patronos de dar cumplimiento a un imaginario convenio laboral del sacerdocio ministerial y otros negociados. En otros nos encontraremos fastos de distinto pelaje: corales infantiles, grupos folclóricos, etc. En pocas ocasiones hallaremos aquello que nos remita a lo realmente queremos celebrar: el nacimiento mísero pero brillante del Hijo de Dios.

Es importante entonces seguir buscando entre las iglesias y capillas de nuestra ciudad. Si persistimos, encontraremos alguna abierta, oscura y húmeda. Un lugar solitario y frío, que parecerá olvidado por la multitud de personas que transitan ante su fachada a diario sin darle mayor importancia.

Al fondo, con suerte encontraremos una estrella. No será un meteoro espectacular sino una pequeña llama, una lucecita que nos indica la presencia de Aquel que buscamos. Esa es la señal. Recordemos el evangelio lucano: pese al ajetreo ocasionado por el censo de Cirino, nadie en Belén parece darse cuenta de lo que ocurre en un pesebre salvo los pastores que duermen al raso vigilando sus rebaños. Solo a ellos acuden los ángeles, pues son los únicos que van a poder reconocer aquello que les habían comunicado desde el mismo cielo: “os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11).

Ante las dificultades para encontrar ese pesebre escondido tras la grotesca parafernalia de nuestra sociedad, recordemos que tenemos personas que nos pueden llevar a él. “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores”, nos cuenta Lucas (2, 18), y así sigue siendo veinte siglos después. Pero no todos oyen a los pastores, ni entonces ni ahora. Hay que buscarlos aun hoy también en el raso, en la periferia de nuestras ciudades, en los rincones maltrechos e incómodos. Cuando seamos capaces de sentir el pegajoso frío de la escasez y la miseria, y sintamos como nuestro el abandono de tantos hermanos olvidados, entonces oiremos admirados lo que cuentan los pastores a quien quiera escucharles: Dios, nuestro Salvador, está con nosotros.

Feliz Navidad.